La resolución de problemas es una habilidad fundamental que se puede empezar a desarrollar desde los primeros años de vida. En la primera infancia, los niños y niñas aprenden a enfrentar retos de manera natural, ya que el juego y la curiosidad les llevan a explorar y buscar soluciones. El papel del docente en este proceso es facilitar experiencias que estimulen el pensamiento crítico, la creatividad y la toma de decisiones.
En el aula, se pueden proponer actividades donde los niños se enfrenten a pequeños desafíos, como armar un rompecabezas, encontrar la forma de transportar un objeto, o resolver situaciones de convivencia. Estas experiencias les ayudan a aprender a analizar, planificar y probar distintas alternativas hasta encontrar la mejor solución.
La clave está en permitir que los niños experimenten, se equivoquen y vuelvan a intentarlo, sin miedo a fallar. Esto desarrolla no solo su capacidad de razonamiento, sino también su tolerancia a la frustración y su perseverancia. Además, el trabajo en grupo para resolver problemas fomenta el respeto por las ideas de otros y la cooperación.
El docente debe guiar el proceso mediante preguntas abiertas como: “¿Qué pasaría si…?”, “¿De qué otra manera lo podemos hacer?”, o “¿Qué necesitas para lograrlo?”. De esta forma, los niños aprenden a pensar de manera estratégica y a construir su propio aprendizaje.
En la primera infancia, enseñar a resolver problemas no significa dar todas las respuestas, sino crear un entorno en el que los niños se sientan motivados y seguros para explorar, equivocarse y encontrar sus propias soluciones. Así, desde pequeños, desarrollan una de las competencias más valiosas para la vida.

